De cómo mi abuelo y Heras León se conocieron

Mi abuelo también estuvo en Girón y, como uno de los personajes de Eduardo Heras, no llegó a la primera línea de batalla aunque estaba dispuesto y ansioso por ser probado en la lucha. Ese hecho, intrascendente y feliz quizás para algunos, significó el gran drama de su vida. El gran drama de la vida de mi abuelo quien, algunos años más adelante, decidiera —por vocación de existencia— estar presente en los testimonios de una generación que fue heroica en palabras, silenciosamente heroica en palabras.

Mi abuelo nunca habló de las tres veces que caminó aquella larga marcha que, hoy, a la lupa de mi realidad quizás mediocre, no me devela por qué y para qué un gesto inútil de caminar y caminar y caminar, como si el hecho de caminar, repito, fuera signo de ser fiel. Mi abuelo llegó tres veces y dos fue negado. No es nada apostólico, me repito, no es nada apostólico pero a ojos de la literatura, a ojos del amor de la literatura, mi abuelo se transforma en un personaje de los cuentos de Heras, del Maestro, y allá va mi abuelo, envuelto en chispas y acero, allá va él, en las líneas narrativas de Heras, y en ellas mi abuelo sí llega a la línea de los tiros y no siente la culpa del sobreviviente porque también él tumbó un avión: mi abuelo se transmuta, se convierte en personaje y hoy está vivo, camina y está vivo gracias a Heras que testimonió su existencia y la existencia de otros muchos sin nombre, apócrifos cuadros de una realidad hermosa y dolorosa a la par.

Mi abuelo y Heras León no se conocieron. Es decir, no personalmente, no se estrecharon las manos. Ese gesto, en realidad, no tiene importancia. Mi abuelo veía mucha televisión y siempre me preguntaba, cuando los escritores inundaban la pantalla chica de mi sala chica, ¿y tú lo conoces a él, a ella? Cierto día, la pregunta fue parecida a la de siempre, ven acá, mija, ¿tú conoces al señor, un chino él, que habla muy bonito?, ¿ese chino no es El Chino de tu escuela de escritores? Enseguida supe. No hacía falta aclarar qué Chino ni qué escuela de escritores. Papá, sí, ese es El Chino.

Eduardo y Pepe nunca se dieron las manos. No hizo falta. Aquella tarde, mi abuelo me pidió: oye, consígueme unos libros de ese profesor tuyo. Y yo le regalé los Cuentos completos, en una edición dominicana de lujo que traje conmigo en mi equipaje, en mi primer viaje, en mi primer susto en las nubes.

Mi abuelo se bebió el libro, se comió el libro. Bella antropofagia literaria que dejaba sus ojos rojos, cansados y felices luego de la lectura. Oye, pero ese Chino escribe muy bien, menos mal que alguien todavía escribe bien en este país. Contra, Pipo, qué texto ese, y una que intenta ser escritora. Mija, no me malinterpretes, tú escribes para los muchachos de ahora, es otra cosa, lo que pasa con el Chino es que él está contando la historia que yo viví, ¿tú te leíste este libro?, buenísimo el libro, me confesó Pipo y no era inocente entonces el lector, no lo era, el lector sabía, el lector tenía la razón.

De alguna manera, luego de la muerte de mi abuelo, yo no había podido volver a leer a mi Maestro, Eduardo Heras León. Quizás porque, ósmosis, los libros amados por los seres amados que se han ido son, no sé, dolorosos. Mea culpa.

Hace dos semanas, encontré la edición cubana de Cuentos completos de Heras. Y recordé. Y dije basta.  Entré a las páginas del libro y una vez más, me convertí en su personaje. Pero no en ese personaje que escribe desde la primera persona con la pasión que solo puede ser enunciada desde una posición indivisible de verdad, de humildad y de escritura —ese compromiso con la palabra justa—; mi personaje solo observa, mi personaje contempla la fotografía de esa realidad que, por pasada, no es obsoleta porque en la Historia, también eso me lo enseñó mi abuelo, todo vive y respira, no hay desaparición sino transmutación. Al leer a quien es, por derecho propio, Maestro de Narradores, Maestro de Escritores, pero hoy, permítanme la licencia, hoy solo Mi Maestro —ese es también mi ángulo de la realidad—. Al leer a Heras entendí mejor a Cuba, a mi país, a sus grandes inspiraciones y fallos, a la belleza de lo roto y la fealdad de la reconstrucción, a la belleza de la construcción y la fealdad de lo que, irremediablemente, se olvida. ¿Se olvida?, no, rectifico: el cuento está escrito, la realidad está dicha, no hay borrón y cuenta nueva porque, en el plano simbólico, en el mundo simbólico de la literatura existe un hacedor, un demiurgo que contó las historias necesarias, que tuvo el valor de contar las historias necesarias desde la crudeza, desde el desnudo, desde la metralla metafórica de su verdad, de su generación, de su (mi) país.

Sobran las palabras de elogio. Sé que Heras no necesita palabras de elogio ni reiteraciones y, oh, piedad con el lector, vade retro sea el lugar común. Así que, Maestro, las evitaré (o al menos, voy a intentarlo). El mejor homenaje a Heras ha sucedido detrás de las cortinas, como siempre, como ha de ser, repito, detrás de las cortinas de los grandes homenajes, de las palabras escritas, de las dedicaciones aun así necesarias. Detrás de esas cortinas, en el acto privado y silencioso del heroísmo de la lectura, yo sé, muchos han encontrado a Heras, muchos han amado y sufrido junto al Chino, muchos rieron, muchos afirmaron, muchos dijeron este muchachito, este escritor sí tiene lo que hay que tener, y en esas palabras simples, en ese sí tiene lo que hay que tener, está toda la verdad, toda la belleza, toda la fe, como Keats diría. El acto privado de la lectura que, de una manera u otra se transforma en testimonio público cuando alguien se acerca y dice gracias, o un me gustó tu libro, o un like en tu página de Facebook, o una carta o un mensaje sin destinatario en tu bandeja de correo electrónico, esa comunión entre padre literario e hijo crítico, entre libro y alma es lo que Heras ha conseguido con un oficio riguroso y de sacrificio, un apostolado hacia el amor y la defensa de la obra del otro. No por gusto, el Chino Heras y su escritura pasarán a la historia de un país y de varias generaciones de autores y lectores cubanos. Alguien podría pensar que así nace una leyenda. No hace falta augurar. Con la literatura de Heras —y sus ecos, esos otros libros que, en la Cuba física conformada por el caimán verde y la Cuba simbólica que no tiene fronteras, esa que se halla dividida e igualmente unida por finos hilos de carne y espíritu en cientos de países— ha cambiado la faz de la literatura cubana.

Oye, Elaine, ese Chino sí es un escritor, dijo una vez mi abuelo, léetelo, me repitió, ambos teníamos la costumbre de intercambiar lecturas, de discutir mucho por libros o política, pero léetelo ya que ese Chino, mira, ese profesor chino tuyo, sí tiene lo que hay que tener. Y mi abuelo, como siempre, tenía la razón.

Maestro Heras, yo no sé si las palabras fallen; si, oh, piedad con el lector, abusé del lugar común o del gerundio (¿recuerda mis problemas con el gerundio?), en todo caso, Maestro, me permitiré decirle que esa utopía ya no tan utópica de ayudar a formar a un buen ser humano —más allá de un buen escritor, ¡qué maravilla si ambas cosas suceden a la par!— es una realidad, no solo el lema que repetimos los egresados del Onelio, ese lema que nos une como una familia en cualquier punto del horizonte literario y físico de la vida. Si el aleteo de una mariposa puede gestar un tsunami a millones de kilómetros de distancia, ¿qué no habrá generado su literatura, su labor como Maestro, su amor y sacrificio en aras de la obra de los otros? Decir gracias es un lugar común que hoy me permitiré y me permitirá usted.

Mi abuelo y Heras no se conocieron. Es decir, no personalmente. No se tomaron un café juntos. No hablaron de Girón ni de la lucha contra los bandidos, ni de las fábricas ni de las novias de antaño, ni del único y gran amor de una vida. Mi abuelo y Heras no caminaron la larga marcha juntos pero, en un lugar, en un preciado espacio de mi mente y de mi espíritu, mi padre del alma y mi padre literario se abrazan, y uno le dice al otro, oye, Chino, tú sí eres un escritor, un escritor de verdad